Category: 90 aniversario de la Revolución Social

La insurrección que hizo posible la revolución

Revolución Social de 1936

Cuando se conmemora el aniversario de la Revolución Social de 1936, es habitual situar su inicio en la derrota del golpe militar. Sin embargo, los acontecimientos del 19 y el 20 de julio en Barcelona fueron mucho más que una respuesta defensiva al alzamiento. Aquellas jornadas marcaron el comienzo de una auténtica insurrección obrera que no solo derrotó a los militares sublevados, sino que abrió la posibilidad de transformar radicalmente la sociedad.

Ocho días de julio, de Agustín Guillamón, reconstruye con detalle aquellas horas decisivas en las que miles de trabajadores y trabajadoras organizados, principalmente en torno a la CNT, lograron imponerse a un ejército profesional gracias a una preparación clandestina, una extraordinaria capacidad organizativa y el apoyo popular. El libro devuelve el protagonismo a quienes hicieron posible aquella victoria y ayuda a comprender por qué el 19 de julio sigue siendo una de las fechas fundamentales de la historia del movimiento obrero.

La revolución comenzó antes del primer disparo

Lejos de presentar el triunfo popular como una reacción improvisada, Guillamón muestra cómo los Comités de Defensa llevaban meses preparando la respuesta ante un posible golpe militar. Organizados por barrios y coordinados entre sí, conocían los movimientos de los cuarteles, habían establecido sistemas de comunicación y habían diseñado una estrategia que resultaría decisiva.

La negativa de la Generalitat a entregar armas no impidió que los sindicatos reunieran un pequeño arsenal y prepararan la movilización. Durante la noche del 18 de julio, mientras el golpe avanzaba en otras ciudades, Barcelona esperaba. Cuando las sirenas de las fábricas comenzaron a sonar al amanecer del día 19, no anunciaban el inicio de una jornada laboral, sino el comienzo de la insurrección obrera.

Derrotar al ejército en las calles

La decisión de dejar que las tropas abandonaran los cuarteles para combatirlas en las calles fue una de las claves de la victoria. Barrio tras barrio se levantaron barricadas y columnas obreras que bloquearon los movimientos de los militares, impidiendo que enlazaran entre sí y ocuparan los principales centros de poder.

Barcelona, ​​19 de julio de 1936. Barricada tras el levantamiento nacionalista en España.
Barcelona, ​​19 de julio de 1936. Barricada tras el levantamiento nacionalista en España.

Los combates en la plaza Catalunya, la Brecha de Sant Pau, la Barceloneta, las Atarazanas o la avenida Icària demostraron la capacidad de iniciativa de unos comités que actuaban con gran autonomía, pero coordinados dentro de un mismo plan. La incorporación progresiva de sectores de la Guardia de Asalto, y más tarde de la Guardia Civil, terminó de inclinar la balanza a favor de las fuerzas populares.

La victoria abrió una situación revolucionaria

Para Guillamón, el significado del 19 de julio no reside únicamente en el fracaso del golpe militar en Barcelona. Lo verdaderamente decisivo fue que la victoria permitió a la clase trabajadora convertirse en la fuerza dominante en las calles.

La toma del Parque de Artillería de Sant Andreu, donde los comités de defensa se apoderaron de decenas de miles de fusiles, simbolizó ese cambio de poder. El proletariado barcelonés dejó de depender de las instituciones republicanas para defenderse y adquirió la capacidad material de impulsar profundas transformaciones sociales. La revolución no nació después de la victoria: comenzó con ella.

Toma del Cuartel de San Andrés, Barcelona, 19 de julio de 1936.
Toma del Cuartel de Sant Andreu, Barcelona, 19 de julio de 1936.

Noventa años después

Noventa años más tarde, Ocho días de julio invita a recuperar aquellos acontecimientos desde la perspectiva de quienes los protagonizaron. Frente a las interpretaciones que reducen el 19 de julio a un episodio militar o a la defensa de la República, el libro reivindica el papel de los comités de defensa, de los barrios obreros y de las miles de personas anónimas que hicieron posible la derrota del fascismo en Barcelona.

Recordar el 19 y el 20 de julio significa volver a mirar el momento en que una revolución dejó de ser una aspiración para convertirse, aunque solo fuera durante unos días, en una realidad construida desde abajo. Comprender aquellas jornadas sigue siendo imprescindible para entender tanto las posibilidades como los límites de la Revolución Social de 1936.

Ocho días de julio

Una revolución que cruzó fronteras: el internacionalismo proletario en 1936

poum colonne internationale

La Revolución Social de 1936 no fue solo un acontecimiento en los territorios del Estado español. Desde los primeros días posteriores al golpe de Estado fascista, miles de personas de todo el mundo llegaron a la península ibérica convencidas de que aquí se libraba una batalla decisiva para el futuro de Europa. No vinieron únicamente a combatir al fascismo: muchos lo hicieron también para defender una revolución social que demostraba que otro modelo de sociedad era posible.

Ese internacionalismo proletario, que por primera vez adquiría una dimensión masiva, dejó una huella profunda en la historia de la revolución. Libros como Papeles de Plomo, Viviendo la Revolución del 36 y Viure la Força recuperan algunas de esas trayectorias internacionales y muestran cómo hombres y mujeres de procedencias muy distintas hicieron suya una lucha que entendían como universal.

Cuando la revolución hablaba todos los idiomas

Entre quienes respondieron a la llamada revolucionaria hubo obreros, periodistas, intelectuales y militantes llegados de numerosos países. Papeles de Plomo reconstruye la participación de los voluntarios uruguayos que viajaron a España para combatir el fascismo y apoyar el proceso revolucionario. Sus cartas, artículos y testimonios permiten comprender que la guerra y la revolución fueron vividas, también al otro lado del Atlántico, como una causa propia.

Más allá de su participación militar, estas historias muestran la existencia de una extensa red de solidaridad internacional construida por sindicatos, organizaciones obreras y grupos libertarios que entendían la defensa de la revolución española como parte de una misma lucha contra el avance del fascismo.

Contar la revolución al mundo

El internacionalismo también se expresó a través de quienes decidieron documentar lo que estaba ocurriendo. Viviendo la Revolución del 36 recupera la experiencia de Clara y Pavel Thalmann, periodistas y militantes suizos que llegaron a Barcelona atraídos por el proceso revolucionario.

Clara y Pavel Thalmann
Clara y Pavel Thalmann

Su mirada combina el compromiso político con el testimonio directo. Recorrieron el frente, convivieron con las milicias y observaron de cerca las transformaciones sociales impulsadas por el movimiento libertario. Al mismo tiempo, difundieron internacionalmente lo que estaban presenciando, convirtiéndose en un puente entre la revolución española y una opinión pública europea que seguía los acontecimientos con expectación.

Sus memorias recuerdan que la revolución también se libró en el terreno de la información, frente a las simplificaciones y tergiversaciones que pronto comenzarían a imponerse.

Simone Weil y la búsqueda de una revolución real

Pocas figuras representan mejor el encuentro entre pensamiento y acción que Simone Weil. En Viure la Força, Xavier Artigas reconstruye el paso de la filósofa por la España revolucionaria y su incorporación a la Columna Durruti durante los primeros meses de la guerra.

Simone Weil en 1936 durante la Guerra Civil.
Simone Weil en 1936 durante la Guerra Civil.

Antes de llegar al frente, Weil quiso conocer de primera mano las fábricas colectivizadas, las industrias bajo control obrero y las comunidades campesinas donde el comunismo libertario comenzaba a hacerse realidad. No buscaba confirmar una teoría, sino comprobar hasta qué punto era posible construir una sociedad basada en la igualdad y la autogestión.

Su experiencia fue breve, pero profundamente transformadora. Las reflexiones que surgieron de aquel viaje constituyen uno de los testimonios más lúcidos sobre las posibilidades y contradicciones de la Revolución Social.

Una lucha compartida

Leídos conjuntamente, estos tres libros muestran que la Revolución de 1936 fue también una experiencia internacional. Miles de personas cruzaron fronteras para defender un proyecto político que sentían propio, convencidas de que el destino de la revolución española estaba ligado al del movimiento obrero mundial.

Noventa años después, sus historias siguen recordándonos que el internacionalismo no fue una consigna abstracta, sino una práctica concreta de solidaridad entre pueblos. Una convicción compartida por quienes entendieron que la lucha contra el fascismo y la construcción de una sociedad más justa no conocían fronteras.

Mujeres que luchaban por un mundo nuevo

Mujeres Libres

Cuando se recuerda la Revolución Social de 1936, todavía es frecuente que los relatos se centren en dirigentes, milicianos o grandes organizaciones. Sin embargo, aquella historia también fue protagonizada por miles de mujeres que combatieron el fascismo, impulsaron proyectos emancipadores y cuestionaron las relaciones de poder dentro de sus propias organizaciones. Muchas de sus experiencias quedaron relegadas a un segundo plano o directamente excluidas de la historia oficial.

Luchaban por un mundo nuevo, de Yanira Hermida, nace precisamente de la necesidad de recuperar esa memoria silenciada. A través de las trayectorias de Lucía Sánchez Saornil y Sara Berenguer Laosa, el libro reconstruye una genealogía de mujeres libertarias que hicieron de su vida una forma de militancia y de la revolución una herramienta para conquistar espacios de libertad que hasta entonces parecían inalcanzables.

La revolución también era una cuestión de mujeres

La obra sitúa las experiencias de Lucía y Sara en una larga tradición de lucha por la emancipación femenina dentro del movimiento libertario. Mucho antes de 1936, anarquistas como Teresa Claramunt ya habían denunciado la subordinación de las mujeres y defendido la necesidad de que fueran ellas mismas quienes protagonizaran su propia liberación.

La llegada de la República y la creciente participación femenina en sindicatos, ateneos y grupos libertarios favorecieron la aparición de nuevos debates sobre educación, sexualidad, trabajo y autonomía personal. En ese contexto surgiría Mujeres Libres, una organización que entendía que la revolución social y la emancipación de las mujeres debían avanzar juntas.

Lucía Sánchez Saornil: conquistar un lugar propio

Hablar de Mujeres Libres es hablar de Lucía Sánchez Saornil. Poeta, sindicalista, militante anarquista y una de las fundadoras de la organización, Lucía encarnó una forma de compromiso que cuestionaba tanto el orden capitalista como las inercias patriarcales presentes dentro del propio movimiento libertario.

Emma Goldman (al centro) visita la España republicana en 1938 junto con la secretaria internacional de Solidaridad Internacional Antifascista (SIA), Lucía Sánchez Saornil (a la izquierda), y Cristina Kon (a la derecha), como traductora.

Sus escritos insistían en que la emancipación de las mujeres no podía quedar subordinada a una futura revolución, sino que debía construirse en el presente mediante la educación, la independencia económica y la participación activa en la vida social y política. También defendió una visión avanzada de la libertad sexual y vivió abiertamente su lesbianismo en una época en la que hacerlo suponía un desafío radical a las normas sociales.

Sara Berenguer Laosa: la revolución desde la acción cotidiana

Si Lucía representa la elaboración teórica y organizativa del anarcofeminismo, Sara Berenguer Laosa encarna a toda una generación de jóvenes mujeres que se incorporaron a la lucha revolucionaria a partir de julio de 1936. Su paso por Mujeres Libres la llevó a tomar conciencia de las desigualdades que sufrían las mujeres incluso dentro de espacios que se proclamaban igualitarios.

Desde entonces participó en actividades educativas, redes de solidaridad, tareas de retaguardia y visitas al frente organizadas por Solidaridad Internacional Antifascista. Como tantas otras militantes, hizo compatible la acción revolucionaria con una intensa labor de apoyo mutuo y organización colectiva.

Sara Berenguer Laosa en 1937

Su trayectoria demuestra que la revolución no solo se construyó en las barricadas o en los comités, sino también a través del trabajo cotidiano de miles de mujeres que sostuvieron organizaciones, redes de cuidados y proyectos de transformación social.

Recuperar una historia incompleta

Noventa años después, Luchaban por un mundo nuevo nos recuerda que la Revolución de 1936 no puede entenderse sin las mujeres que la hicieron posible. Las vidas de Lucía Sánchez Saornil y Sara Berenguer Laosa permiten acercarse a una historia de emancipación, compromiso y resistencia que durante demasiado tiempo permaneció en los márgenes.

Recuperar sus voces no significa añadir un capítulo olvidado a la historia de la revolución. Significa comprender que esa historia siempre estuvo incompleta sin ellas.

La revolución vivida: testigos de un mundo nuevo en 1936

La revolución vivida: testigos de un mundo nuevo en 1936

La historia de la Guerra Civil y de la Revolución Social de 1936 está formada por cientos de miles de experiencias personales. Historias escritas en minúscula, lejos de los grandes discursos y de los nombres más conocidos, pero vividas en primera persona por quienes decidieron enfrentarse al fascismo y construir una sociedad diferente.

Desde nuestros inicios, en Descontrol Editorial hemos querido recuperar esa mirada. No solo la de quienes pensaron la revolución o la dirigieron, sino también la de quienes la vivieron día a día, participando en las colectivizaciones, organizando proyectos educativos o combatiendo en el frente. Libros como Entre los campesinos de Aragón, de Agustín Souchy; La escuela de militantes de Aragón, de Félix Carrasquer; y Los que fuimos a Madrid, de Ricardo Sanz, permiten acercarse a la revolución desde la experiencia directa de sus protagonistas.

Cuando la utopía se hizo realidad

En Entre los campesinos de Aragón, el anarcosindicalista alemán Agustín Souchy recorre los pueblos aragoneses que, tras la derrota del golpe militar de julio de 1936, comenzaron a poner en práctica una experiencia inédita: la colectivización de la tierra y la construcción del comunismo libertario.

Souchy no escribe como un observador distante. Vinculado durante décadas al movimiento obrero internacional, visita las colectividades para conocer de cerca cómo miles de campesinos estaban organizando la producción y la vida cotidiana sin patrones ni grandes propietarios. Su testimonio resulta especialmente valioso porque muestra cómo aquello que durante años había sido considerado una utopía se convirtió en una realidad tangible.

Agustín Souchy recopilando datos en las colectivizaciones de Aragón. Fuente: Estel Negre.

Educar para transformar la sociedad

La revolución no se desarrolló únicamente en fábricas, campos o trincheras. También se construyó en espacios de formación y aprendizaje. La escuela de militantes de Aragón, de Félix Carrasquer, recupera una experiencia educativa singular nacida en plena guerra.

Más que un simple proyecto pedagógico, la escuela fue un intento de formar personas capaces de participar activamente en una sociedad autogestionada. Carrasquer describe un proceso que combinaba educación, reflexión social, organización colectiva y compromiso revolucionario.

La guerra vista desde las trincheras

Si Souchy y Carrasquer muestran la revolución en la retaguardia, Los que fuimos a Madrid nos sitúa en el frente. Ricardo Sanz, destacado militante cenetista y dirigente de la Columna Durruti, relata su experiencia durante la guerra desde la perspectiva de quienes combatieron directamente al ejército sublevado.

En este libro, Sanz relata lo que vio y vivió junto a los milicianos y combatientes de la 26ª División. Su relato permite seguir la evolución de las milicias antifascistas, las tensiones políticas dentro del campo republicano y las dificultades de una guerra que muchos entendían inseparable de la propia revolución social.

D'esquerra a dreta: José Pérez Ibáñez, Severino Campos, Ricardo Sanz, Aurelio Fernández, Joan García Oliver, Gregorio Jover, Miguel García Vivancos i Augustin Souchy
(Desfilada a Barcelona, agost de 1936)
De izquierda a derecha: José Pérez Ibáñez, Severino Campos, Ricardo Sanz, Aurelio Fernández, Joan García Oliver, Gregorio Jover, Miguel García Vivancos y Agustín Souchy (Desfilada en Barcelona, agosto de 1936). Fuente: Estel Negre.

La fuerza del libro reside precisamente en esa mirada directa. No es la historia de los grandes estrategas ni de los dirigentes políticos, sino la de quienes ocuparon las trincheras y experimentaron en primera persona las esperanzas, contradicciones y derrotas de aquel proceso histórico.

Comprender la revolución desde abajo

Leídos conjuntamente, estos tres libros ofrecen una perspectiva privilegiada sobre la Revolución de 1936. No pretenden construir grandes interpretaciones teóricas, sino mostrar cómo vivieron aquel momento quienes participaron en él.

Noventa años después, estos testimonios siguen conservando una fuerza singular. Nos acercan a la realidad cotidiana de la revolución y nos recuerdan que los grandes procesos históricos están hechos, sobre todo, de pequeñas historias vividas por personas corrientes que, en circunstancias extraordinarias, decidieron tomar el destino colectivo en sus propias manos.

Economía colectivizada y autogestión en 1936

Economía colectivizada y autogestión en 1936

Cuando se habla de la Revolución Social de 1936, a menudo se recuerdan las milicias, las barricadas o la efervescencia política de los primeros meses de guerra. Pero una de las transformaciones más profundas y singulares de aquel proceso se produjo en el ámbito económico: la colectivización de fábricas, talleres, transportes, servicios y tierras agrícolas por parte de los trabajadores organizados.

Tras la derrota del golpe de Estado fascista del 19 de julio en Catalunya, la huida o desaparición de muchos patronos y el empuje de los sindicatos (especialmente de la CNT) abrieron una situación inédita. Miles de trabajadores comenzaron a gestionar directamente la producción y los servicios, poniendo en práctica formas de autogestión que hasta entonces habían sido sobre todo un horizonte político y sindical.

Diversos libros de nuestro catálogo nos permiten aproximarnos a aquella experiencia desde perspectivas complementarias.

Organizar una nueva economía

El Decret de Col·lectivitzacions de octubre de 1936 intentó dar forma legal a una realidad revolucionaria que ya existía en las calles y los centros de trabajo. Elaborado bajo la Conselleria d’Economia de la Generalitat, dirigida por el cenetista Joan Pau Fàbregas, el decreto reconocía el control obrero sobre muchas empresas y establecía mecanismos de gestión colectiva.

Cafeteria col·lectivitzada a les Rambles de Barcelona
Cafetería colectivizada en Barcelona

Lejos de ser un proyecto improvisado, la revolución económica venía precedida de décadas de debate dentro del movimiento libertario sobre cómo sustituir el capitalismo por una organización social basada en la cooperación y el apoyo mutuo. En Els factors econòmics de la revolució, Fàbregas defiende precisamente la necesidad de una economía coordinada por los trabajadores, capaz de superar las desigualdades del sistema capitalista y resistir al mismo tiempo las dificultades impuestas por la guerra.

Aquella transformación se desarrollaba, sin embargo, en medio de una tensión constante. Por un lado, los comités obreros impulsaban nuevas formas de producción y distribución; por otro, la Generalitat (con ERC y el PSUC ganando peso) intentaba recuperar el control institucional de la economía y limitar el alcance revolucionario del proceso.

La revolución cotidiana

Si los textos de Fàbregas muestran la dimensión política y organizativa de las colectivizaciones, Las colectividades de Aragón, de Félix Carrasquer, permite ver su dimensión humana y cotidiana. El libro describe cómo decenas de pueblos aragoneses abolieron la propiedad privada de la tierra y reorganizaron la vida colectiva sobre bases asamblearias.

Las colectividades no solo transformaban la producción agrícola; también modificaban las relaciones sociales, la educación o las formas de consumo. En muchos casos se crearon comedores comunes, escuelas racionalistas o sistemas de distribución según las necesidades. La revolución tomaba forma en la vida diaria.

Colectivistas aragoneses
Colectivistas aragoneses

Carrasquer también muestra las contradicciones y dificultades del proceso: la escasez, la presión militar, los desacuerdos políticos y, finalmente, la represión impulsada por las autoridades republicanas contra muchas experiencias autogestionarias.

Pensar la revolución

En El organismo económico de la revolución, Diego Abad de Santillán plantea una reflexión más amplia sobre cómo debía organizarse una economía revolucionaria. El dirigente anarquista defendía la necesidad de coordinar la producción y la distribución a gran escala sin reproducir estructuras estatales ni jerarquías burocráticas.

El debate era central: ¿cómo compatibilizar autogestión y eficacia económica? ¿Cómo sostener una guerra sin renunciar a los objetivos revolucionarios? ¿Cómo evitar que la institucionalización acabara desactivando el impulso nacido en julio de 1936?

Estas preguntas atraviesan también libros como 80 dies al govern de la Generalitat o Les finances de la Revolució, donde Joan Pau Fàbregas relata las tensiones entre el poder revolucionario surgido de los sindicatos y la reconstrucción progresiva de la autoridad estatal.

Una experiencia única

Las colectivizaciones de 1936 constituyeron una de las experiencias de autogestión obrera más importantes del siglo XX. A pesar de las limitaciones, la guerra y la derrota final, durante meses miles de personas demostraron que era posible gestionar fábricas, transportes o tierras agrícolas sin patronos.

Hoy, estas obras permiten recuperar no solo la memoria de aquel proceso, sino también los debates que lo hicieron posible. Leerlas es volver a un momento en que la revolución no era una abstracción, sino una práctica cotidiana construida desde los talleres, las cooperativas y las asambleas.

Vidas contra el olvido: biografías para recuperar la Revolución de 1936

Vidas contra el olvido: biografías para recuperar la revolución de 1936

En el 90 aniversario de la Revolución Social Española, volver a las vidas concretas que la hicieron posible no es solo un ejercicio de memoria, sino una forma de repensar aquel proceso desde una escala humana. Entusiastas olvidados, coordinado por Miquel Izard, y Biografías del 36, coordinado por Paolo Casciola y Agustín Guillamón, comparten ese objetivo: rescatar trayectorias personales que permiten comprender la revolución más allá de los grandes relatos.

Ambas obras parten de una misma premisa: la historia de 1936 no puede explicarse únicamente a través de dirigentes o acontecimientos, sino que exige atender a las biografías (a menudo invisibilizadas) de quienes la protagonizaron.

El entusiasmo que transformó vidas

Entusiastas olvidados pone el foco en quienes vivieron el “verano libertario” como una experiencia de transformación profunda, pero han quedado fuera de la memoria histórica. Izard sitúa ese momento en el choque entre las fuerzas reaccionarias y las expectativas abiertas por la República, subrayando cómo el golpe de julio de 1936 desató una revolución que, en lugares como Catalunya, alteró estructuras productivas, educativas y sociales.

Ese proceso implicó a miles de personas que descubrieron su capacidad de intervención. Las biografías reunidas reflejan esa diversidad: desde la pedagoga Margarita Wirsing, comprometida con una enseñanza emancipadora incluso tras la represión, hasta el obrero Eugenio Vallejo, clave en la reorganización industrial de guerra y desaparecido en el exilio. Junto a ellos, figuras como Ferran Cardona muestran la continuidad entre compromiso técnico y político en contextos revolucionarios.

El libro reivindica así una historia coral, construida desde experiencias concretas y a menudo olvidadas.

Margarita Wirsing Bordas durante sus años como estudiante en la UB. Fuente: Archivo histórico de la Universitat de Barcelona (Revista de Girona)
Margarita Wirsing Bordas durante sus años como estudiante en la UB. Fuente: Archivo histórico de la Universitat de Barcelona (Revista de Girona)

Barcelona como cruce internacional

Biografías del 36 amplía la mirada hacia la dimensión internacional. Reúne perfiles de revolucionarios, exiliados y apátridas que coincidieron en España (especialmente en Barcelona) durante la guerra. Muchos eran militantes extranjeros que vieron en la revolución la oportunidad de combatir el fascismo.

Entre ellos destacan trayectorias como la de Kurt Landau, transformado por la experiencia barcelonesa, o la de Albert Masó, que encarna los cruces entre militancia, represión y exilio. Sus vidas, junto a muchas otras, revelan redes de relaciones políticas y personales que dan cuenta de la densidad del momento revolucionario.

Kurt Landau
Kurt Landau. Fuente: Ser Histórico

Recuperar la densidad humana de 1936

Leídos conjuntamente, ambos libros ofrecen una visión complementaria: uno desde la experiencia cotidiana y local; el otro desde su dimensión internacional. En ambos casos, el objetivo es el mismo: combatir el olvido y devolver protagonismo a quienes vivieron y lucharon aquel momento.

En este aniversario, estas obras invitan a mirar 1936 desde abajo, a través de vidas concretas que hicieron posible imaginar (y durante un tiempo, practicar) un mundo distinto.